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Llego el día, HOY SABADO 16:30 hs (Argentina) nuevamente transmisión online con EL PEPO, primero va a responder todas tus preguntas y luego vamos a transmitir el ensayo, no te lo podes perder!

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El próximo Lunes 9 de Junio a las 19 hs. desde nuestras webs (www.damasgratis.com.ar y www.cumbiamovil.com) transmitiremos por medio de ustream (a continuación dejamos el reproductor donde se transmitirá). El Pepo te va a responder todas tus preguntas y va a adelantar en forma exclusiva sus temas nuevos.  El mismo día de la videoconferencia pondremos un chat para poder  hacer tus preguntas!

Pablo Lescano Revista NaN “Hago música para el pueblo”


¿Por qué la otrora repudiada cumbia villera es ahora bienvenida por los cultores del rock? Detrás de la pista y de Pablo Lescano, creador de ese género tropical.  Fotografía: Cecilia Villegas 

Por Nahuel Lag y Sergio Sánchez

—Hola, ¿Pablo?
—Estoy de vacaciones ahora. Llamame el viernes. Chau, guachín.
—Hola, ¿Pablo?
—Soy el Chino, su manager. Estamos complicados. Llamame la semana próxima.
—Hola, ¿Chino?
—Vamos a hacer la entrevista el sábado en la chata de Pablo, entre cada de show. Estén a las 23 en el acceso a Tigre y la 197.
—¿Se podrán hacer fotos?
—¿Nunca fuiste a una bailanta? Tocamos 20 minutos y nos vamos.

Esperamos en el lugar pactado: una estación de servicio. “Está en camino. Va en una camioneta negra”, mensajea el Chino. Pasan varias con esas características hasta que una encara al playón. Pablo Lescano saluda rápido y entra al minishop. “Tenemos como ocho bailes. Hay que laburar, ¿viste cómo es la música? Hoy tenés y mañana no sabés”, le dice a una chica de chomba naranja que le cobra unos caramelos y dos atados de cigarrillos: uno para él, el otro para Julio, compañero y chofer.

Él pide ajustar los cinturones. Pablo acomoda el termo, ceba y ofrece: “Dulce y con café”. Está desparramado en el asiento de cuero, las piernas sobre la guantera. La ventanilla sube y baja para que escape el humo. La camioneta es su lugar cada fin de semana, excepto cuando se toma vacaciones. Se siente un bicho raro y cambiaría sombrilla por teclado. “El contacto con la gente es tocar el cielo con las manos”, define sin vueltas.

Atrás, adelante o por otro camino nos sigue, pasa o pierde la combi que maneja Luis, padre de Pablo. Ahí van un patovica, el Chino, Romina (corista y hermana del cantante), el guitarrista Edgar Gómez, el trompetista Danny de la Cruz (ex Gilda), el bajista Hugo Gómez y los percusionistas Carlos Segovia y César Candia. Haciendo postas entre el lugar del show y el del próximo, dos camiones con equipos y los plomos más rápidos del Conurbano: toda una pyme anti-playback. “En ningún momento se aprieta play. Tocamos todo a pulmón”, explica.

Pablo resalta su originalidad, no le interesa si a los críticos les gusta lo que hace. Está tranquilo con su sensatez. Se define como laburante antes que como artista y si le preguntás por qué Andrés Calamaro le pidió “Tres Marías” y Los Fabulosos Cadillacs “Padre Nuestro”, él cree que viene por ahí: “No chamuyo”. Reniega de toda etiqueta y no piensa en géneros sino en música. “¿Que el rock me abrió la puerta? Eso queda feo, ¿no?” Rockeros o no, ya tiene un tema grabado con el Salmón, compuesto por ambos, y otro con Vicentico. El octavo disco de estudio estará en los próximos meses.

La gira arranca. En la comodidad de su asiento, Pablo va con dos banderas al viento: la argentina en el brazo izquierdo y la otra sobre el pecho, pegada al corazón: “100% negro cumbiero”.

“Es un trabajo. Es lo que nos gusta y somos felices. Si yo no toco, mis músicos no comen, ¿entendés?”, zanja. -

FOLKLORE

No sé para qué volviste, si yo empezaba a olvidar. 
No sé si ya lo sabrás, lloré cuando vos te fuiste. 
No sé para qué volviste, qué mal me hace recordar.
“Zamba para olvidar”, Daniel Toro

Para olvidar a mi amor me deliro en el faso, 
que me hace alucinar que te tengo en mis brazos
“Sólo aspirinas”, Damas Gratis

La historia de Pablo empieza en el barrio La Esperanza, al oeste, partido de San Fernando. “Escuchen”, grita. Y le da a una pantalla táctil: Quinteto Imperial, al taco. “La música de las fiestas en casa de mis tíos (los maternos, los de Doña Norma): guaracha santiagueña”, disciplina. Allí escuchó las primeras canciones cuando la cumbia colombiana, que es al líder de DG lo que Led Zeppelin a los rockeros, llegaba por Los Palmeras. Allí también, las influencias de papá: Horacio Guaraní, Argentino Luna, Jorge Cafrune. Pero en la sangre de Pablo corren ritmos que nacen del acordeón, por su abuelo, un correntino pescador y guaraní parlante.

A los 11, eligió el teclado y lo domó a puro oído. Con el sueldo de camionero de Coca-Cola, Luis le compró el primero a crédito. Adiós, viaje de egresados de séptimo. Años después: hola, Amar Azul. “Con ese grupo escribí mis primeros temas. Algunos no entraban porque para Miguel (Ángel D’Anibale, cantante de la banda) eran muy transgresores. Entonces armé Flor de Piedra. Quería un grupo para hacer lo que quisiera.”

Julio busca estacionamiento en el corso de Zárate, la primera parada. “Cuando arrancan son re flacos los corsos, hasta que se corre la bola”, explica Pablo, pudoroso de encontrar poca convocatoria. Lejos de hacerse drama, sube rápido a los tablones del velódromo municipal y se esconde detrás de los parlantes hasta que el animador termina de calentar el ambiente. “¿Cómo está la familia?”, sale el cantante. El público no tiene edad: un nenito sube a bailar y Pablo lo alienta. “Los pibitos te levantan el baile”, dirá. Para las bailantas faltan unas horas: “Acá, las partes fuertes dejo que las cante la gente. Hay mucha criatura en los corsos. El que es grande sabe lo que hace”, reflexiona el músico, padre de dos hijos. El show termina, todos corremos hacia el próximo destino.

“Pablo, Pablo, dejanos pa’ la birra”, le manguean dos flacos a centímetros de la ventanilla sobre una moto. Lescano sólo sonríe. Y la chata acelera hasta perderse nuevamente en la oscuridad de la ruta.

“Después de la cumbia villera inventaron la base: hacen todo con máquinas. Eso degrada la cumbia”, distingue. Fotografía: Cecilia Villegas

NUEVA TROVA

Yo, a punto del delirio,
extraigo un solo cirio,
que poso ante tu flor.
“Desnuda y con sombrilla”, Silvio Rodríguez

No te hagas la linda y no armes embrollo,
bajate la chabomba que te apoyo.
“La rubia tarada”, DG

Damas Gratis surgió por accidente. Literalmente. Pablo lo tuvo en 2000 con su moto. Fueron seis meses encerrado por las fracturas en sus piernas: “Hacía canciones y llamaba a los músicos, que rodeaban la cama para ensayar. ¡Fui en silla de ruedas a grabar!” En 2001, llegó el primer disco: Para los pibes. Cuando apareció, revolucionó la escena no sólo por su particular sonido sino por la crudeza de sus letras: el culto a la delincuencia, la droga y la marginalidad, una mirada sexista y un claro repudio a la Policía. Los productores etiquetaron: cumbia villera. Según Pablo, sólo para vender más. “La cumbia se escucha en todos lados, pero los medios siempre la invisibilizaron ¿no?”, preguntamos. “Capaz que te digo cuál es el último corte de mi disco y no lo sabés. Pero en cada bailanta la gente lo sabe.”

¿Por qué Lescano es tan popular? ¿Será que maneja los códigos de quienes lo van a escuchar? Fue una decisión artística sobre un punto descuidado por los viejos grupos, que preferían cantarle al amor y se olvidaban del entorno inmediato. “Va subiendo la corriente, la canoa del bareque del valiente pescador”, evoca Pablo. Y se alarma. “Eso acá no pasa, ¿entendés? ¿Quién es pescador acá? ¡En Mar del Plata, pero no andan en canoa! Es la cultura de otro país. En mis letras, busco plasmar lo que pasa en mi esquina, en la vida cotidiana. Cultura argenta.” Acá está la clave de su rechazo a la etiqueta. Pablo no deja que lo encasillen en la cumbia villera, después de diez años de cargar con el rótulo. “Es música para el pueblo. No se escucha sólo en la villa. El fuerte está ahí, pero llega a todos lados.”

—Sin embargo, las de tus letras no son vivencias de todos…
—Ni idea. No me pongo a analizarlo. Tengo que vivirlo, si no me vuelvo loco. Trato de ser buen músico, que se diviertan, que la pasen piola.

—¿Y qué rebote tenías en los bailes cuando arrancó DG?
—Llamaba la atención, era totalmente distinto. Se sentían identificados. Periodistas me llegaron a decir: “¿Te das cuenta de que esto es parecido al hip hop?” “Mmm… ¿qué es el hip-hop?”, les decía. Tenía 22 años. Ahora aprendo de otros estilos…

—Entre ellos estuvieron las noches en la fiesta Zizek, en Caix escuchando a Aldo Haydar. Resulta que ahora la cumbia digital está de moda…
—Nosotros ya la hacíamos en 2003 con programas re mochos, como el Cubex. Escuchábamos a Haydar, cómo loopeaba. El que toca en Capital tiene otros beneficios: te escuchan periodistas. Nosotros empezamos a meter bases electrónicas sólo por hacer una canción y que después suene en los bailes. También empecé a ir a la Zizek con DG porque me daba bronca que la música de ahí fuera sólo para el que está quemado o la minita que se viste corte familia Ingalls. Quería que escuchen algo popular.

La chata sale de la 197. Referencia geográfica: cruce de José ¡Clemente! Paz, área conocida por dos bailantas: Tornado y Escombro. El Juanca es dueño de uno de esos monstruos y también de La Carpa, un galpón con tinglado, escenario y tribunas colgantes que carga unas siete mil personas en las mejores noches. Uno de los dos camiones que lleva al ejército de Pablo descarga y sus puertas quedan abiertas para acelerar la salida. Un retraso ocasionaría la calentura de algún bolichero. La combi deja a la banda a metros del escenario. La estrella llega con la ventanilla baja. “Pablo, esto es un regalo para vos.” Un parrillero corre a la par de la chata y le deja una ofrenda: un vaso de chopp con la imagen del Gauchito Gil. Lleno de cerveza, claro. “Gracias, guachín”, sonríe Pablo. “Che, está piola”, nos dice, mirándolo. Pero no bebe ni un sorbo.

La camioneta queda atrás del escenario, donde se levanta la antena de FM Frontera, la radio del Juanca. Roberto tiene pinta de ferretero, unos sesenta bien entrados y varias historias con los grandes de la movida tropical. Es el fotógrafo de La Carpa hace 20 años. Le metió flash a Ricky Maravilla y a las mechas de Daniel Agostini. Hoy espera que Pablo salte de la camioneta para acompañarlo hasta la casa del sereno que cuida el predio durante la semana. Delante de una cama matrimonial desordenada, una mesa de luz con latas de atún arriba y un televisor con calcomanías de un Mundial, el líder de DG posa junto a niños y fanáticas que pagaron diez pesos por la inmortalidad. “Un pibe humilde, siempre”, elogia Roberto, después de quemar una veintena de foquitos.

Llega el llamado. “Las manos de todos los negros arriba”, empieza otra vez. Y terminará rápido, con él levantando el micrófono como un trofeo. Tiene el poder: el coqueteo con el público es maravilloso. Ellos estallan contra las vallas. Eso es un pogo. Nadie lo puede negar.

PUNK

“Estás en el kiosco tomando una cerveza. Con el tiempo, seguís con la cerveza. A lo lejos se ve una patrulla. Alguien grita: ‘¡Ahí viene la yuta!’”. La letra de 2 Minutos le sale de memoria: “Esos me gustan”.

—También en muchas de tus letras aparece la Policía… ¿experiencias del barrio?
—No hace falta que te pase en el barrio. Vas a Capital y te paran. “¿Tenés algo arriba de la camioneta?”, y la revisan. Todo lo que genera autoridad es repudiado: tu viejo, el maestro, la Policía, tu patrón. No es que todos están contra la Policía. Están contra la autoridad.

La luz que entra desde la ruta hace relucir los fierros que tiene tatuados en la piel y los focos del escenario le dan brillo al FAL pintado en su Keytar, el teclado que transformó en sello de identidad. En el otro, que esta noche descansa, tiene los colores jamaiquinos que DG adoptó desde el inicio. Entre amarillo, verde y rojo, una mujer desnuda y tres chalas de marihuana. Los de sus teclados son símbolos de la cultura violenta de los barrios pobres, reflejo de un Estado ausente que quiso tapar esa realidad cuando la cumbia villera llegó a la televisión y la radio. El extinto Comfer (ahora Afsca) la prohibió por hacer “apología al consumo y tráfico de drogas y enfrentar a la autoridad policial”. Los tiros y el olor dulzón siguen en los barrios pobres. Las letras, en los bailes.

—¿No te entendían?
—Qué se le va a hacer.

Mira la ruta, prende un cigarrillo y come una pastilla para la garganta. Espera con paciencia mientras todo decanta: “Sigo grabando las letras que quiero. Cuando voy a la televisión, toco lo que me dejan. Te agarran la letra y te marcan: ‘Ésta podés, ésta no.’ En Pasión de sábado (el inmortal y cumbiambero ciclo televisivo) los productores se censuran. Ahora, vas a un programa grosso, corte Tinelli, tocás un tema re trasgresor y no llega multa”.

—Será que hay cosas de los barrios que no quieren que se escuchen…
—Es todo por el Comfer. En la televisión, los productores no tienen drama, hacen su negocio.

—Los de la música, ¿también?
—Critico que tomen a la cumbia como un negocio y no como algo que está piola. Después de la cumbia villera inventaron la cumbia base: hacen todo con máquinas, una trompeta con un teclado en lugar de grabar el instrumento. Eso degrada la cumbia. Los pibes están gilguereando, se arman un grupito y se creen que son Gardel. Les falta golpearse.

Pablo saltó de Génova Records a DBN y ahora está en la rockera Pelo Music.

—¿El secreto es hacer un camino independiente?
—No hay secreto. Hay que hacer música.

—¿Y qué sentías cuando empezaste en los ‘90, entre las bandas que tenían vestuario y pasitos de coreografía?
—¡Me daban un veneno! Eran títeres del productor, del que ponía la mosca. Eran pibes normales que capaz no tenían otro recurso y para laburar se bancaban que les dijeran: “Ponete un algodón en las bolas y salí a moverte”.

Desde su primer show, DG subió al escenario con la pilcha de todos los días. Si las expresiones villeras pasaran por el tamiz de la academia, se diría que fue un movimiento vanguardista en su impronta y contenido. En eso, Pablo le dice a Julio: “¿Son las tres ya? ¿Cuántos bailes nos quedan? ¡Estamos al horno!” “¿Te considerás artista?”, interrumpe uno de los cronistas. Pablo baja los labios, sube las cejas, piensa. Los ojos le dan vueltas y luego se quedan fijos. Dice, bajito: “Músico”.

—Pero es arte lo que hacés…
—No sé si darle tanta bola. Escribo canciones y les pongo música. Si es o no es arte, no me lo pongo a pensar.

—Te sentís más un laburante, entonces…
—Es un trabajo. Es lo que nos gusta y somos felices. Si yo no toco, mis músicos no comen, ¿entendés?

—¿Como laburante tocaste en el recital del Partido Obrero por Mariano Ferreyra, en Plaza de Mayo?
—Me contactaron por Las Manos de Filippi. Pregunté si tenía que gritar “aguante Cristina” o algo así y me dijeron que no. Hice mi show. Fue uno más. No somos derechos, izquierdos ni nada. No tenemos ideología.

La quilmeña Metrópolis es el próximo paso. Ya pasaron las cuatro y recién hizo la mitad de los shows. El Chino no para de atender el tubo, pero sin nervios. “Estamos acostumbrados a correr”, dice. Adentro del boliche está espeso. Afuera, el clima se banca. Las bocas necesitan agua pero las mentes, alcohol. El show termina y se repite la locura.

El tour continúa a pocas cuadras. Diversión se ve imponente. Tiene historia: es una de las bailantas más conocidas del Conurbano. La combi llega primero y una escalera asusta a los plomos. Pablo llega y sube los peldaños hacia el paraíso. Arriba hay cinco, ocho y ya no se pueden contar. Damas. Gratis. El acceso para ellas es fácil. Dan todo por acercarse al ídolo, que les brinda media hora de intensidad. Regalan el mejor baile, llevan el movimiento en la piel. En la pista, pibes y pibas son uno. Los negros “100% cumbieros”, los protagonistas de las letras.

El show termina y los flashes se disparan. El auto sigue su marcha, presuroso. Las presentaciones son cada vez más cortas. El final es entre Nexo, en Temperley, y Jet-Set, en la rotonda de Llavallol.

ROCK

¡Oh sí! Estoy mirando a tu novia, ¿y qué? 
No tengo nada que decirte. 
Ella me gusta y yo a ella también. 
¡Oh sí! ¿Y qué? ¿Y qué?
“¿Y qué?”, Babasónicos

Te re cabió, te re cabió 
que yo sea el más gavilán 
y a tu chica saque a bailar
“Picadura”, DG

—Che, dio vueltas por Internet que armás un disco con covers de rock.
—No, ni en pedo. ¿Covers de rock? ¡Chamuyo!

—Pero tocaste “Disco baby disco”, de Sumo, con Roberto Petinatto.
—Ni conozco el tema. Él tocó sobre la base que estábamos haciendo. Nos dijeron que querían un tema de rock. Cuando llegamos, dije: “¿Dónde están las bandas de rock para tocar?” “No, ustedes.” “¿Ustedes qué? No sabemos tocar rock. Vamos a hacer un papelón en vivo.”

—Bueno, la cumbia también tiene una parte de público rockero…
—No sé si es público de rock. Es de “la popular”.

“De rocanrol conozco lo que suena en la radio. En cambio, de cumbia te puedo hablar de principio a fin, con conocimientos.” No teme quedar mal con los rockeros que vieron en él un músico innovador, profesional y “con buen oído”. Su cruce con el rock se dio sin esperarlo: fueron sus cultores los que lo llamaron para que “le pusiera una onda cumbiera” a uno que otro tema.

El primero que se acercó a Pablo fue su ahora amigo Fidel Nadal. Después tocó con Dante Spinetta, Los Fabulosos Cadillacs y Los Auténticos Decadentes. De Dancing Mood, el trompetista Hugo Lobo y el trombonista Martino Gesualdi son los mete-vientos de los discos de DG. Otro que lo convocó fue Lito Vitale, quien en 2009 reunió artistas para versionar canciones patrias y presentarlas ese mayo en el Obelisco. Al líder de DG le tocó grabar una curiosa versión del “Himno a Sarmiento” junto a Kevin Johansen (el Piojo López, para él). “Estuvo piola. Si se levanta Sarmiento, nos mata a todos”, jode.

Una de las principales dificultades que afronta la cumbia es la falta de difusión en el circuito comercial. Las canciones del género no se escuchan en las radios hiteras (sólo en las emisoras barriales y “clandestinas”, según la vieja ley de radiodifusión) y la rotación de videos cumbieros es casi nula. “Es difícil llegar a las radios de formato porque son empresas y quienes las manejan tienen muchos prejuicios. Igual que los canales de música, los MTV. Siempre estamos al costado. Por más que llevemos gente y que la mayoría escuche cumbia, nunca vas a ver un video. En cambio, cuando una banda como Bersuit Vergarabat o Kapanga toca cumbia y hace un video, lo pasan.”

Pablo no habla sólo como músico: conoce de producción. Antes de su internación y su nueva etapa como jefe de familia, se encerraba en su estudio a componer para una decena de grupos. Desde Flor de Piedra a Amar & Yo y Jimmy & Su Combo Negro. Metió incluso a Kumbia Queers. La segunda mitad del año trabajará con la única banda con la que sigue: Los Gedes.

Es así: el rock tiene legitimidad en los medios, la cumbia resiste en la periferia. “Quizás de este disco podamos hacer algún video”, se esperanza. Es que el álbum que pronto saldrá a la calle trae un par de sorpresas: “Grabé un tema con Gaby (Vicentico) y con Calamaro. Con él escribimos la letra del tema en su estudio, el que tiene en su casa. Todos me dicen: ‘¿Te das cuenta de con quién estás escribiendo?’ No le doy tanta importancia. Somos de la misma raza: músicos. Nada más. Los que nos separan son los productores o la gente”.

—¿Y por qué creés que la cumbia todavía no es reconocida?
—¿Qué querés que haga? No me importa. Nosotros salimos a tocar y, en un fin de semana, nos ven 10 mil personas.

Fuente: NaN #1 (marzo-abril 2011). En su versión en papel, la crónica incluye recuadros de la investigadora Malvina Silba, los músicos Cristian Aldana, Hugo Lobo y Fidel Nadal, la revista La Garganta Poderosa y el musicólogo Leandro Donozo.

 

PABLO Y TRAPITO SANATEANDO